El presidente Trump apostó a que la potencia de fuego estadounidense podría acobardar a Irán para que cumpliera las demandas de EE. UU. Hasta ahora, los líderes de Irán no han estado dispuestos a renunciar.
Desde el momento en que comenzó la guerra de Irán, el presidente Donald Trump se ha esforzado por persuadir a los estadounidenses ansiosos de que esta terminará pronto.
“Puedo decir esta noche que estamos en camino de completar todos los objetivos militares de Estados Unidos pronto”, prometió el miércoles desde la Casa Blanca. “Muy pronto”.
Días antes, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, recién llegado de un viaje a Medio Oriente, insistía en que la guerra que había presenciado no se parecía en nada a aquella en la que él había combatido dos décadas antes en Irak. Aquella guerra había sido una rutina agotadora.
“Siempre se trataba de la siguiente rotación, sin saber nunca cuándo terminaría la misión”, recuerda.
Esta guerra, la Operación Furia Épica, era “exactamente lo contrario”, dijo.
“Fue pura concentración en la misión”, dijo sobre el conflicto, ahora en su quinta semana. “Fue el guerrero estadounidense desatado”.
El mensaje de Trump y Hegseth: Estados Unidos no estaba inmerso en una guerra interminable.
El problema: ni Trump ni Hegseth han sido capaces de explicar cómo terminará la guerra, más allá de que el ejército estadounidense castigue a los líderes de Irán para que acepten concesiones que, hasta ahora, no han estado dispuestos a hacer. Esas perspectivas se complicaron aún más el viernes después de que Irán derribara un caza F-15E de la Fuerza Aérea, socavando las afirmaciones estadounidenses de haber logrado una superioridad aérea casi total.
Trump y Hegseth iniciaron la guerra de Irán convencidos de que habían corregido los errores que produjeron los atolladeros del pasado. Prometieron que los soldados estadounidenses no asumirían misiones de construcción nacional mal definidas o imposibles, como habían hecho en Irak y Afganistán. El ejército estadounidense, libre de “estúpidas reglas de enfrentamiento”, emplearía una fuerza abrumadora, prometió Hegseth.

Quizá lo más importante es que Trump se aseguraría de que los objetivos de la guerra siguieran siendo vagos y flexibles. De ese modo, podría decidir cuándo se habían alcanzado esos objetivos y se había ganado la guerra.
El enfoque de Trump funcionó en la operación Martillo de Medianoche, la campaña del verano pasado para atacar las instalaciones nucleares de Irán. También produjo resultados rápidos en lo que Trump describió como la incursión “perfectamente ejecutada” para capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
Sin embargo, la guerra continua en Irán ha revelado el mayor defecto del enfoque de Trump. Cuando más hay en juego, el enemigo suele negarse a abandonar.
“Si acorralas a un régimen para que luche por su vida, el incentivo para que se intensifique es significativo”, dijo Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense. “Eso es lo que estamos viendo hoy”.
Trump y Hegseth han tratado de sortear esta incómoda realidad exigiendo que los reticentes aliados de Estados Unidos asuman la lucha para que los soldados estadounidenses puedan marcharse. Han pedido a los aliados estadounidenses en Europa y Asia que monten una operación destinada a obligar a Irán a reabrir el estrecho de Ormuz, el canal del golfo Pérsico que normalmente transporta el 20 por ciento del petróleo mundial.
“Vayan al estrecho y tómenlo”, dijo Trump el miércoles desde la Casa Blanca. “La parte difícil ya está hecha. Así que debería ser fácil”.

