Por: Luis Alberto Fernández
El año 2025 marca un punto de inflexión en la historia reciente de la tecnología. La inteligencia artificial ha dejado de ser una herramienta experimental para convertirse en un componente estructural de empresas, gobiernos y servicios cotidianos. Su integración en plataformas digitales, sistemas productivos y servicios públicos confirma que el cambio tecnológico ya no es gradual, sino acelerado.
Las grandes compañías tecnológicas han concentrado sus esfuerzos en mejorar la infraestructura digital, especialmente en la computación en la nube y los centros de datos especializados en IA. Este crecimiento responde a una demanda sin precedentes de capacidad de procesamiento, impulsada por modelos cada vez más avanzados y por la automatización de procesos que antes requerían intervención humana constante.
Al mismo tiempo, la industria enfrenta retos evidentes. La alta demanda de semiconductores ha puesto presión sobre la cadena de suministro global, elevando costos y obligando a replantear estrategias de producción. Esta realidad ha demostrado la dependencia crítica del mundo moderno respecto a la tecnología y la necesidad de inversiones sostenidas en innovación y manufactura.
Más allá de los avances técnicos, el debate sobre el uso ético de la tecnología cobra fuerza. La protección de datos, la ciberseguridad y el impacto de la automatización en el empleo se han convertido en temas centrales de la agenda pública y empresarial.
En este contexto, la tecnología ya no se mide solo por su capacidad de innovar, sino por su responsabilidad. El verdadero desafío de esta nueva era será lograr que el progreso digital avance al mismo ritmo que la confianza, la regulación y el bienestar social.
