Por Luis Alberto Fernández
La captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero constituyó un punto de inflexión en la dinámica geopolítica de América Latina y, en particular, en la relación entre Cuba y Estados Unidos. Más allá del impacto inmediato en Caracas, el episodio ha desatado una respuesta política de gran calado en La Habana, sembrando dudas sobre el futuro de la isla en el tablero regional.
Los hechos son ya parte del registro histórico reciente: un operativo militar de Washington incursionó en territorio venezolano, eliminando barreras defensivas y culminando con la detención de Maduro y su esposa, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales. La administración estadounidense, además, ha anunciado el cese de envíos de petróleo y apoyo financiero de Venezuela a Cuba, una medida que, según el presidente Donald Trump, busca forzar a La Habana a negociar un nuevo arreglo con Washington.
Reacción oficial en La Habana: discurso de confrontación
La respuesta del gobierno cubano encabezado por Miguel Díaz-Canel ha sido rotunda: el operativo estadounidense es calificado de agresión imperialista, una violación flagrante del derecho internacional y un atentado contra la soberanía de un Estado aliado. El régimen cubano también confirmó que 32 de sus efectivos murieron en la operación, lo que ha sido usado para reforzar el discurso de resistencia frente a lo que se percibe como una ofensiva directa de Washington.
Desde la tribuna oficial en La Habana, se han organizado movilizaciones estudiantiles y actos de reafirmación revolucionaria que no solo condenan la intervención, sino que buscan cohesionar internamente una narrativa de unidad y rechazo al “imperialismo”.
En el plano diplomático, Cuba ha llamado a los países de América Latina y el Caribe a defender su independencia y soberanía, calificando la acción estadounidense de amenaza existencial. Esta retórica, que recuerda los viejos discursos de confrontación de la Guerra Fría, busca consolidar apoyos en foros regionales y fortalecer alianzas con gobiernos afines ideológicamente.
Más allá de los símbolos: la realidad económica de Cuba
Sin embargo, el fenómeno va más allá de la retórica oficial. La economía cubana ya enfrentaba una crisis estructural prolongada antes de estos eventos, caracterizada por un fragil sistema energético, escasez de combustibles y un éxodo masivo de población en busca de mejores condiciones de vida. Este contexto se ha visto agravado por el corte del flujo energético venezolano, que históricamente funcionaba como un pilar del abastecimiento petrolero cubano.
Expertos internacionales y observadores regionales señalan que esta doble presión —externa por parte de EE. UU. y estructural interna— podría empujar a La Habana a un punto crítico en términos económicos. Sin embargo, es importante subrayar que no existe evidencia de que el régimen esté al borde inmediato del colapso político, a pesar de los pronósticos más estridentes difundidos por Washington.
Geopolítica regional: ¿guerra fría 2.0?
La escalada no se limita a Cuba y Venezuela. La captura de Maduro ha sido interpretada por analistas como parte de una estrategia estadounidense más amplia para restringir la influencia de potencias como China y Rusia en América Latina, especialmente en sectores estratégicos como la energía y la seguridad hemisférica.
Por su parte, La Habana ha intensificado sus alianzas tradicionales con Moscú y Beijing, aunque estos vínculos también presentan límites prácticos, especialmente frente a presiones económicas y patrones de inversión que priorizan objetivos propios de esas potencias más allá de solidaridades políticas.
Un futuro de incertidumbres
El gran reto para Cuba será navegar entre dos aguas: por un lado, sostener su narrativa de resistencia frente a Estados Unidos; por otro, gestionar una realidad económica que demanda pragmatismo más que simbolismos. El discurso de confrontación del régimen puede consolidar apoyo popular en el corto plazo, pero también oculta fracturas socioeconómicas profundas que no se resuelven únicamente con consignas.
Además, las consecuencias de la intervención en Venezuela podrían derivar en mayores presiones diplomáticas y económicas sobre La Habana, forzando a la isla a reconfigurar sus estrategias internacionales y buscar nuevas formas de inserción que mitiguen el impacto de las sanciones y la pérdida de aliados tradicionales.
En síntesis, la crisis actual representa más que un choque entre dos gobiernos: es un momento de redefinición geopolítica en el Caribe y América Latina, en el que Cuba, por primera vez en décadas, se encuentra en un punto de vulnerabilidad política y económica que pone a prueba su modelo de supervivencia frente a la presión estadounidense y los desafíos internos no resueltos.
