Por: Luis Alberto Fernández
La historia de la geopolítica rara vez se escribe con coincidencias, y lo que hemos presenciado en los primeros días de este 2026 parece ser el resultado de una coreografía ensayada en las sombras. La captura de Nicolás Maduro en una operación relámpago liderada por la administración Trump no solo ha sacudido los cimientos de América Latina; ha dejado en el aire una pregunta incómoda: ¿A qué precio aceptó Vladímir Putin replegar su influencia en el Caribe?
La pieza venezolana: Más que una captura
Para Donald Trump, el traslado de Maduro a Nueva York no es solo un trofeo judicial; es la pieza central de su doctrina de «América Primero». Al tomar el control de la narrativa en Venezuela, Washington recupera el dominio sobre el «patio trasero» y, lo más importante, pone sus manos sobre la mayor reserva de crudo pesado del mundo en un momento de reconfiguración energética global.
Sin embargo, lo que sorprende a los analistas no es la audacia de la incursión, sino el ensordecedor silencio del Kremlin. Rusia, que durante años fue el soporte militar y financiero del chavismo, parece haber mirado hacia otro lado mientras los aviones estadounidenses sobrevolaban Caracas.
El Donbás por Caracas: El intercambio de cromos

Todo apunta a que estamos ante un «intercambio de cromos» a escala global. Mientras Trump avanza en Venezuela, los hilos de la paz en Ucrania parecen estar atados a una rendición parcial. Las filtraciones sobre un acuerdo que dejaría el Donbás y Crimea bajo la esfera de influencia definitiva de Moscú sugieren que el pacto ya está firmado.
Putin, desgastado por años de sanciones y una economía de guerra extenuante, habría encontrado en Trump al interlocutor dispuesto a darle una salida honorable —y territorial— en Ucrania. A cambio, el precio fue entregar la cabeza del régimen venezolano. Una transacción fría: territorio en Europa del Este por hegemonía energética en Occidente.
Petróleo: El botín que estabiliza el mercado
A pesar de lo que dictaría la lógica del caos, el mercado petrolero se ha mantenido en una calma tensa. Con el barril rondando los $60 dólares, el mensaje de los mercados es claro: confían en que las petroleras estadounidenses, con Chevron a la cabeza, reactivarán la producción venezolana más rápido de lo esperado.
Si la transición se estabiliza, Venezuela podría inyectar una oferta masiva de crudo que beneficiaría directamente al consumidor estadounidense, bajando los precios de la gasolina y asfixiando, de paso, la capacidad de China para usar el petróleo venezolano como palanca contra EE. UU.
Un nuevo orden pragmático
Estamos entrando en una era de pragmatismo brutal. Si 2025 fue el año del estancamiento, 2026 se perfila como el año de las definiciones. La alianza tácita entre Washington y Moscú, basada en el respeto mutuo de sus áreas de influencia, ha dejado a los ideólogos de lado para dar paso a los hombres de negocios.
La gran incógnita ahora no es si habrá una nueva agresión de Putin en Ucrania, sino qué tan rápido podrá Trump consolidar su victoria en Venezuela antes de que las grietas de este acuerdo empiecen a mostrarse. Por ahora, el mundo observa cómo dos potencias han decidido repartirse el tablero, recordándonos que en la gran política, los amigos son temporales, pero los intereses son permanentes.
